Monté Objetivo Norte con clientes ya en cartera. Lo que no tenía previsto es que, para crecer, iba a tener que hacer justo lo que llevaba toda la vida pensando que nunca haría. Vender.
Siempre he admirado a la gente que sabe vender. Creo que es la habilidad más valiosa que se puede tener, porque sirve para mucho más que colocar un producto. Sirve para conseguir casi cualquier cosa. Todos vendemos a diario aunque no lo llamemos así. En una entrevista de trabajo, cuando llegas nuevo a un grupo de amigos, cuando intentas convencer a un profesor de que te suba medio punto o cuando quieres gustarle a alguien. Persuadir al otro y llegar a un punto en común es vender.
Aun así, admirarlo desde fuera y tener que hacerlo yo eran dos cosas muy distintas.
Cuando crecer significaba vender
Yo monté la empresa con clientes ya asegurados, así que al principio la parte comercial casi no existía. El problema llegó cuando quise crecer. Ahí caí. Si quería más clientes, alguien tenía que ir a buscarlos, y ese alguien era yo.
Lo viví como un duelo, literalmente. Ser comercial era lo último que me había imaginado haciendo en la vida y de repente formaba parte de mi trabajo.
El comercial que yo tenía en la cabeza
Parte del problema era la imagen que tenía de lo que significa vender. Para mí, un comercial era alguien súper simpático, súper extrovertido, encantado de hablar con todo el mundo a todas horas. Yo no soy así.
Y lo peor es que asociaba vender con vender humo. Con presionar. Con perseguir. Me imaginaba al típico que manda un presupuesto y a partir de ahí llama, escribe por WhatsApp, manda un email, vuelve a llamar… hasta que el otro acaba firmando por agotamiento. Nada de eso va conmigo, y no me veía haciéndolo ni queriendo.
No tenía por qué ser esa vendedora
Con el tiempo entendí algo que ahora me parece obvio. Ni podía ni tenía por qué vender así. Hay muchas formas de hacer labor comercial y la del comercial pesado es solo una, y encima bastante mala.
Hoy vendo mejor que entonces y sigo pensando lo mismo sobre lo importante que es saber hacerlo. Lo que ha cambiado es que he encontrado mi manera. Una en la que estoy cómoda y sigo siendo yo. Si te pasas el día haciendo de alguien que no eres, se nota. Lo nota el cliente y lo notas tú, y así es muy difícil que las cosas salgan bien, especialmente porque drena la energía.
Vender también es parte del negocio
Mucha gente monta un negocio porque le gusta lo que hace. Un fisioterapeuta abre su clínica porque le gusta cuidar de la salud de sus pacientes, y probablemente lo de vender le apetezca bastante poco. Pero si la clínica es suya, en algún momento va a tener que dedicarle tiempo a conseguir pacientes, porque sin ellos no hay negocio.
La pata comercial es una más, igual que la facturación o la gestión. Puedes no disfrutarla, pero no puedes ignorarla. Lo que sí puedes elegir es cómo hacerla. Busca la forma que menos te chirríe y hazla tuya. Yo no me he convertido en la persona extrovertida que tenía en la cabeza, y tampoco me ha hecho falta.